El abuelo de Isabel

Venezuela

Voici le premier paragraphe de l’histoire familiale de mon amie Isabel Palpieris

Mi abuelo era una foto.

Una foto amarillenta en una esquina del espejo.

Esteban Palpieris, foto restaurada

Una foto que anunciaba el nacer de cada día y el final de las jornadas; era como un ser invisible con el que mi madre conversaba de sus angustias y sus pesares, una imagen descolorida con la que compartía sus pequeñas alegrías.

Ese era mi abuelo, vivo y presente cada día de nuestra existencia, pero completamente irreal.

Jamás lo conocimos, murió cuando mi madre tenía apenas 14 años, nunca supimos de donde había venido, nadie conocía la historia de su vida; decía mamá, que ni siquiera hablaba claramente en un solo idioma, sino que mezclaba expresiones de diferentes lenguas desconocidas para ella, así que sus palabras siempre fueron escasas en su memoria.

Isabel a los 6 años

A veces pensé que mi abuelo era una ilusión, que nunca había existido realmente, que mi madre se lo había inventado para llenar los vacíos y las ausencias en su vida.

Pero esa foto siempre estuvo allí, y aprendimos a amarlo, a recordarlo sin haberlo conocido, repetíamos según decía mamá, algunas de sus ideas y más conocidas expresiones, palabras sueltas, que ayudaron a crear una pequeña historia que mamá guardaba en el cofre de sus recuerdos, como un tesoro…

América 1917

Un marino transitaba incansablemente el mar entre Venezuela y Trinidad, atravesaba la llamada “Boca de Serpientes”, una de las peligrosas vías marítimas, que cruzaba con repetida frecuencia a lo largo de muchos años; este audaz e incansable marino se llamaba Esteban Vidal Palpieri, natural de Francia, aparentemente nacido en Córcega.

En la Venezuela de finales del siglo XIX, una gran emigración corsa se instaló en pueblos del oriente, conocidos como Carúpano y Rio Caribe. Eran grandes trabajadores, integrados bajo una historia y una bandera común.

Allí, los corsos desarrollaron muchas actividades comerciales, que conectaban a ese rincón del país con Francia y con el resto de Europa. Produjeron cacao para la exportación, construyeron una línea telegráfica, en tiempos en que ello simbolizaba un gran avance tecnológico en aquel remoto lugar de ese cuasi desconocido país, allí fundaron importantes casas comerciales que sobrevivieron todo el siglo XX. Carúpano, Güiria, Rio Caribe constituían una región dinámica, de intercambios económicos y culturales, que permitieron el asentamiento de estas poblaciones.

Mi madre vivió sus primeros años en esa zona, la llamaban Crucita; había nacido en la Isla de Margarita y se trasladó a tierra firme con su mamá, Jóvita Reyes, una joven que había huido con el marino y cruzado el mar para estar con él; y mientras estenavegaba, ella trabajaba en una hacienda en Rio Caribe, ayudando a preparar la comida de los peones. El marino Esteban pasaba poco tiempo con ellas pero cada vez que regresaba de sus viajes, traía regalos para su niña rubia, como las cintas azules para adornar su larga cabellera.

Cruz Palpieris en 1947

La relación entre la joven madre y su hijita era demasiado tensa, siempre tenía que regañarla y castigarla, cosa que Esteban le reprochaba constantemente; la niña era muy traviesa y demasiado mimada por su padre, no aceptaba reglas ni consejos. Un día, por error, Jóvita golpeó a la niña con un palo y cuando regresó Esteban de uno de sus viajes, contempló el daño en la cabecita de su niña consentida y decidió que era el momento de separarla de su madre y llevarla a vivir con él. Ella estaba radiante de felicidad, pero ese día, con solo cinco años, al aceptar marcharse con su padre, tomó la primera gran decisión de vida, que la separó para siempre de su madre.

Durante varios años, la niña vivió en el barco, aprendiendo de ese mundo de “a bordo” muchas cosas que no correspondían a una niña de su edad; allí Cruz retozaba, aprendió a nadar como una sirena, a hablar como un marino, a escupir y a pescar, con sus largos cabellos rubios llenos de piojos, siempre rodeada de hombres rudos, con incomodidades y limitaciones, pero cerca de su amado padre.

Preocupado por el rumbo que tomaba la educación de su niña amada, cuando Crucita tenía siete años, su padre la llevó a vivir con sus amigos Juan y Carmen a un pueblo de Barlovento, en la costa central de Venezuela, para que la cuidaran y la educaran. Dejó con ellos sus ahorros –monedas de oro- para costearle una mejor calidad de vida, mientras él conseguía un empleo de tenedor de libros en una hacienda de café; la promesa era reunir dinero suficiente para comprar unas tierras y llevársela a vivir con él.

Recordaba Cruz que Esteban había estado hablando con sus nuevos padres, casi en secreto, mientras ella escuchaba escondida detrás de una puerta, la historia de un hombre muerto en la que él estaba involucrado, habló también de la necesidad de esconderse un tiempo, mientras se aclaraba todo. Esas palabras retumbaban en su cabeza, pues no encontraba sentido a su prolongada ausencia, a menos que no pudiera salir de su “escondite” para no ser encontrado por las autoridades.

Pero nadie le dijo nada más, no hubo explicaciones, los niños no preguntaban, los adultos no hablaban con los niños de esas cosas “de mayores”. Así que solo quedaba el silencio, cada quien daba rienda rinda suelta a su imaginación, y Crucita se tuvo que conformar con callar, soñar y esperar pacientemente el regreso de su amado padre, en esa tierra ajena, entre extraños, tratando de calmar esa fuerza de la naturaleza en que se estaba convirtiendo.

Pasaron los años y la niña solo vió a Esteban una vez, pues los caminos eran malos, llenos de peligros, el trabajo era difícil; tal vez la tranquilidad de saber que ella estaba en buenas manos, le permitía a Esteban sobrellevar esta separación.

Cruz tenía una gran pasión por vivir, un inquebrantable deseo de libertad, soñaba a del dictador de turno, sin vínculos familiares, sin amigos, lejos de su padre amado.

Venezuela 1927

La niña Cruz tenía ya 14 años cuando sus padres adoptivos reciben un aviso: Musiú Palpieri, como llamaban al padre de Crucita, estaba muy enfermo y quería ver a su hija; así que de inmediato prepararon el viaje.

Cruz estaba aterrorizada ante la idea de no poder volver a ver a su padre. Salieron en el ferrocarril desde Higuerote hasta Rio Chico, luego a caballo emprendiendo el camino hacia Cúpira, a la hacienda “Chupaquire”, pero el viaje se hacía cada vez más difícil, más lento, pues había llovido mucho y los ríos estaban crecidos. No podían atravesar esos caminos y debían detenerse en cada jornada.

Cuando cesaron las lluvias y pudieron continuar su camino, se encontraron con un hombre a caballo que les dio la terrible noticia. Musiú Palpieri estaba muerto “ya lo enterramos, es mejor que se regresen, ya no hay nada que puedan hacer”.

La noticia es una sorpresa estremecedora, el desconsuelo invadió a Cruz y se derrumbó, mientras emprendían en silencio el doloroso y lento regreso, rodeados de una gran tristeza; Cruz no dejaba de llorar, su mundo había desaparecido, sus esperanzas rotas, se sentía perdida y abandonada por la fortuna.

Domingo Bustillos, dueño de la hacienda, las alcanzó cuando iban llegando a Rio Chico y les contó que estuvo con Esteban hasta el final y que sus últimos pensamientos fueron para su hija. Lentamente, se bajó del caballo y les narró lo que había ocurrido.

Esteban comenzó trabajando como tenedor de libros en una hacienda de El Clavo, pero al cabo de unos años se fue a la hacienda “Chupaquire”. Una vez establecido, consiguió una parcela, la sembró y comenzó a producir algunos alimentos.

Trabajaba en la hacienda llevando los libros, pues tenía una excelente caligrafía, cosa poco usual en aquella región; todo el dinero que iba ganando lo ahorraba, entregándoselo al administrador de la hacienda, pues no había ninguna otra forma segura de guardarlo. Pasaron los años y cuando creyó tener suficiente, le pidió al hombre le entregara sus ahorros, pero para su sorpresa, aquel le explicó que no lo tenía, pues lo había gastado.

Esteban se sintió traicionado, todo su esfuerzo y sus proyectos dependían de esos ahorros y ahora no existían. Una gran indignación lo invadió, no podía creerlo, había depositado su confianza en una persona que lo había engañado. Para evitar una reacción violenta de su parte, salió apresuradamente de la oficina del administrador y caminó hacia su casita bajo una tormenta. Mojado hasta los huesos, frustrado, envuelto en un manto de desesperación e impotencia, con sentimientos encontrados, no sabía que iba a hacer después de haber invertido tantos años en una quimera.

Musiú Palpieri enfermó y murió a los pocos días. Aparentemente, desarrolló una pulmonía, “gripe tipo II”, se dijo en el acta de defunción.

Ya en su lecho de muerte, sentía que no tenía fuerza para resistir y pidió lo enterraran en un cajón, pues a su hija le asustaba la costumbre de envolver a los muertos en chinchorros, así que fue enterrado en una caja de madera, como fueron sus deseos, pero las inundaciones de la zona, arrasaron el cementerio local y hasta su última morada se perdió entre las tinieblas de su existencia.

Domingo prometió enviar a Cruz las pertenencias que había dejado y a los pocos meses le llegó un baúl de madera, pero completamente vacío, solo con una foto pegada en la tapa. Nunca se separó de ella, era el único recuerdo material del paso de su padre por la vida.

Durante el resto de su existencia repetía hasta la saciedad esa pequeña historia, siempre soñando con encontrar alguna pista que la condujera a descubrir el origen de su amado padre. con volver a viajar en el barco, con la brisa húmeda y salobre golpeando suavemente su rostro. Pero como no podía, buscaba todas las oportunidades posibles para sentirse libre en el reducido espacio de la estricta educación que estaba recibiendo. Le gustaba subirse a los árboles, nadar con los chicos del pueblo, escaparse de la escuela para izar cometas- papagayos- sobre el cielo, pelearse con las otras niñas de la escuelita, cuando la llamaban “mentirosa”… así que domarla fue una tarea a la que se dedicó su madre adoptiva, tratando de cortar las alas a esa niña que se resistía a estar encerrada, a vivir como las otras niñas de ese tiempo, sometiéndola a los lineamientos de una sociedad pueblerina de principios de siglo, en un país atrasado, bajo la sombra.

La busqueda

Y ese deseo se hizo realidad, pero 80 años después, gracias a Christiane Bidot-Naude, quien unió delicadamente los hilos ya casi invisibles de nuestra historia familiar, hasta llegar al punto en que encontró los documentos que permitieron asegurar que mi abuelo Etienne Palpier había existido, logrando establecer un nexo con los descendientes de la familia que hoy aún viven en Francia.

La segunda parte de esta historia, la hemos dedicado a llenar los espacios desconocidos de su vida, enfrentando la dolorosa realidad de su paso por la Isla del Diablo, cuando todavía era casi un niño. Tambien fue Christiane quien logró encontrar esta información y enviarnos toda la documentación que verificaba esta triste parte de su historia.

Los caminos que lo llevaron a Venezuela están aún por encontrarse, pero confío que lograré unir estos relatos aislados y algún día reconstruir su peregrinar por este mundo.

Gracias a Christiane, las ramas americanas de este árbol llamado Palpieris, se ha podido encontrar con sus raíces francesas.

No tenemos la menor duda de que este esfuerzo, este trabajo, ha estado acompañado por la pasión hacia la genealogía y la calidad humana inquebrantable de esta gran mujer-investigadora-madre- amiga- Gracias Christiane, muchas gracias, te prometo que seguiremos en ese camino hasta completar este puzzle de nuestra historia familiar.

Isabel Palpieris

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