Les morts trouvés – 1806 à 1825 – Primera parte

MOURIR A BAYONNE

La historia de la historia

Cada historia tiene su propia historia. La historia de esta historia – corta y desbordante de casualidades – comenzó con la Ley del divorcio en Francia, adoptada el 20 de septiembre de 1792. El principio defendido por sus impulsores era simple: el matrimonio no era un sacramento (es decir algo divino e imposible de romper por el hombre) sino que un contrato social entre dos personas libres. En consecuencia, las dos personas que habían consentido firmar ese contrato también podían disolverlo.

La Nive

Se establecieron como causas para el divorcio el abandono del hogar comun, la incompatibilidad de caracteres, el consentimiento mutuo, la demencia, la ausencia durante cinco años sin noticias (algo especialmente comun entre quienes emigraban), los malos tratos o la condena penal por delitos graves, la difamación pública y el adulterio.

Leyendo el Registro de Mariages de Bayonne para el período 1793 a 1806 descubrí que Marie ”Marianne” Lanne y Etienne Rouquette se divorciaron dos veces. La primera el 30 de mayo de 1795 y la segunda el 12 de agosto de 1799. Entre ambas sentencias no hubo un nuevo matrimonio, por lo cual el caso es extremadamente curioso. Marianne y Etienne se habían casado el 13 de enero de 1789. Como motivo del primer divorcio se declaró que ”era públicamente conocido” que la esposa había abandonado el hogar desde hacía más de seis meses. El segundo divorcio fue motivado por ”incompatibilidad de caracter y humor”. En ambos casos, el representante del Estado Civil escribió: ”En vertu des pouvoirs qui me sont délegués, et conformement aux lois sur le mode de divorce, j’ai declaré au nom de la Loi que le dit mariage entre la dite Marianne Lanne et Etienne Rouquette est dissous et qu’ils sont libres de leur personnes comme ils l’étaient avant de l’avoir contraté”. La única diferencia entre las dos sentencias es que en una aparece el nombre de la esposa primero y el del esposo después, mientras que en la otra es al revés. El resto del texto es exactamente igual.

Este hecho me resultó tan sorprendente que decidí investigar más. Así pude saber que Marie Lanne nació en Bayonne el 11 de diciembre de 1765 en el seno de una familia acomodada. El padre Jean era comerciante en cuerdas, un tío paterno era cura en un pueblo cercano y un tío materno era canónigo de la Catedral. Françoise Clarisse, la madre de Marianne, provenía de una familia en donde a juzgar por las firmas de la abuela y la bisabuela Françoise Nogués Lartigue, se cultivaba la lectura y la escritura. Etienne Rouquette, el marido, procedía del mismo ambiente social. Era farmacista al igual que su padre, su tío y otros miembros de su familia. El matrimonio entre Marianne y Etienne era, pues, ”lógico”. Su doble divorcio, por el contrario, es inexplicable y aquí cabe repartir la responsabilidad del hecho entre Marianne, que hizo los trámites en ambos casos (Etienne no se presentó a ninguna de las audiencias), y las autoridades, que teniendo el antecedente completamente válido del primer divorcio accedieron a otorgar uno nuevo.

No encontré hijos de la pareja y lo más probable es que no hayan tenido descendencia. Quedaba saber cuándo habían fallecido, entre otras cosas para comprobar si al momento de la muerte compartían domicilio o si se habían vuelto a casar con otra persona. Al poco tiempo de comenzar a estudiar el Registro de Décès descubrí el caso de un cadaver ”trouvé noyé”. Luego otro y poco después un tercero. Los ”trouvé noyé” y los ”trouvé mort” resultaron ser tan recurrentes que decidí estacionar mi búsqueda de la muerte de Marianne Lanne y Etienne Rouquette para otro momento y averiguar más sobre estos casos de ahogados y muertos un poco por doquier. Y fue así, a golpe de casualidades, que nació ”Mourir à Bayonne”.

Sobre la historia en sí

La muerte es ineludible, también en Bayonne. Entre 1806 y 1825, que es el período que me interesa estudiar aquí, los bayoneses morían dentro de la ciudad pero también en alta mar o en sitios tan variados como La Habana, Nice, Río de Janeiro o Rochefort. La mayoría de la gente moría en su casa, otros lo hacían en los hospitales de la ciudad (el Civil y el Militar) o en el Hospicio. Casi todos morían en tierra, salvo quienes terminaban su vida en las caudalosas aguas del Adour y el Nive. Y así podríamos seguir agrupando y reagrupando formas de muerte según los diferentes criterios elegidos en cada ocasión.

”Mourir à Bayonne” tiene un objetivo mucho más modesto pues se interesa por ”les morts trouvés”. Los había de dos tipos: les trouvés morts et les trouvés noyés. Dentro de esas dos categorías encontramos quienes murieron involuntariamente (ahogados mientras se bañaban, accidentados, asesinados…) y quienes por el contrario buscaron su fin voluntariamente. Los detalles en torno a esas muertes constituyen una ventana abierta a un tiempo pasado. Y ventanas, en Bayonne, hay infinitas…

Les trouvés noyés

Debido al curso de las corrientes fluviales, la mayoría de estos cadáveres aparecía flotando sobre la orilla sur del Adour, y más específicamente a la altura de Mousserolles, Allées Boufflers y Allées Marines. Los cuerpos eran generalmente atados a una embarcación y llevados al Port de Suzeye (”conformément à ce qui se practique”) o al barrio de St Léon (”lieu habituel du dépôt des cadavres”). A veces, para evitar la multitud que solía concentrarse en el primer lugar, el comisario podía explícitamente ordenar el tralado de un cuerpo al otro sitio. Como lo explicó el comisario Fabien Duverdier en un informe de 1817: ”Nous commissaire de Police, dans l’objet d’éviter le concours qui aurait lieu au Port de Suzeye, avons ordonné audit Luot, Antoine, de conduire le cadavre dans le quartier de St Léon”.

En Port de Suzeye o en St Léon, ambos sobre el Nive, los cadáveres eran retirados del agua por alguien como Arnaud Bidegaray, ”chasse-pauvre de la ville”, quien tuvo esa desagradable responsabilidad durante años antes de morir en su hogar de 1 Rue Tour de Sault en marzo de 1832. Un comisario de policía y un médico, generalmente un ”cirujano de prisiones”, estudiaban los cuerpos, los desnudaban (si es que estaban vestidos), buscaban posibles señas de violencia física para saber si se trataba de un crimen, anotaban las vestimentas, hurgaban en los bolsillos en búsqueda de datos y esperaban luego que algún testigo pudiese identificar a las víctimas. Este último paso no era siempre posible y un cuerpo rescatado el 5 de septiembre de 1811 fue enterrado como desconocido, pues estuvo ”laissé longtemps exposé a la vue du public a pris des informations sans que personne nous aît indiqué son origine”.

Si el cuerpo había permanecido mucho tiempo en el agua, las facciones se desfiguraban, lo cual aumentaba las dificultades para una identificación. Los peces solían contribuir con este proceso de degradación y es posible leer párrafos como el siguiente: ”les paupières ont été dévorées par les poissons”.

Entre 1806 y 1825 fueron encontradas unas 280 personas muertas en Bayonne, tanto en el agua como en tierra firme. Equivalen grosso modo a un muerto por mes durante veinte años, a pesar de que en 1816 y 1819 sólo se registraron tres de estos decesos anuales mientras que para 1818 no hay ninguno. La mayoría de los casos, especialmente entre los ahogados, no ofrece gran motivo de interés. Pero hay otras muertes que por sus características y circunstancias aportan muchos datos útiles para nuestro conocimiento sobre la vida cotidiana en una ciudad como Bayonne a comienzos del siglo XIX.

Les trouvés morts

Los ahogados estaban, por definición, muertos. Pero el título de ”trouvé mort” era usado en el caso de las personas encontradas muertas en tierra firme y en condiciones no siempre claras. Se podía tratar de víctimas de un delito, de personas accidentadas o de suicidas.

En torno a 1810, Bayonne tenía alrededor de 14 000 habitantes. Su intensa actividad portuaria y su posición geográfica estratégica desde el punto de vista militar la habían convertido en una pequeña metrópolis europea. Debido a las guerras napoleónicas, y muy en especial a las sangrientas batallas del Nive, la cantidad de militares fallecidos en el Hospital Militar de la ciudad alcanzó niveles muy altos y se convirtió durante un tiempo en la principal causa de defunción. Ya en 1808, como consecuencia del comienzo de la guerra en España, murieron en el Hospital Militar de Bayonne cientos de soldados. En 1809 los decesos sumaron 867; en 1810 hubo un descenso (486 personas) y en 1811 otro (456 víctimas). Esta curva descendiente dió un giro de 180 grados en 1812, cuando la cantidad de muertos subió a 1 160. Con las batallas del Nive se registraron 1 580 decesos en 1813 y 2 715 en 1814.

Aun sin contar las tropas aliadas abatidas en los combates de Bayonne, la suma de muertos durante estos años, en su enorme mayoría franceses, superó los diez mil, incluídos los caídos en el campo de batalla y los que murieron en el Hospital Militar. En 1815, con la derrota definitiva de Napoleon y el fin de los conflictos bélicos, la cifra de decesos descendió bruscamente a una cantidad intrascendente. Las personas fallecidas en su hogar, que en tiempos de paz formaban el grupo mayoritario, pasaron durante esos años tormentosos a un claro segundo plano.

Si la gran mayoría de los ahogados aparecían flotando sobre la orilla sur del Adour, entre Mousserolles y Allées Marines, una parte no menor de ”les trouvés morts” eran hallados en el Petit Bayonne. Algunas calles de esta zona aparecen con notable regularidad en los informes policiales y Rue de Pontrique es la más nombrada.

Morir de frío, morir de fuego

Podemos dividir los cuerpos rescatados de las aguas del Adour y el Nive en dos grandes grupos: los desnudos y los vestidos. Los primeros eran habituales en tiempos de verano, cuando muchos bañistas eran arrastrados por la corriente y aparecían flotando días, semanas o incluso meses más tarde. Sólo en septiembre de 1811 se rescataron diez cuerpos del Nive y el Adour, en su mayoría ”bañistas”, prácticamente en su totalidad hombres jóvenes con fuerte presencia de militares. La mayoría quedó sin identificar.

Sin duda alguna, el grupo más golpeado, sea en tierra sea en el agua, es el de los portefaix, quienes aparecen como víctimas en todas las categorías nombradas a lo largo de este texto e incluso en una exclusiva para ellos: los muertos de frío. Ese fue justamente el destino de Martin Etcheto, nativo de Mauléon y encontrado sin vida bajo las arcadas de 4 Rue des Tonneliers el 23 de diciembre de 1822.

Aquí, durmiendo sobre un banco, murió de frío Martin Etcheto

Etcheto, de entre 50 y 55 años de edad, había elegido pasar la noche frente a la vivienda y taller de Monsieur Lescoute, el carpintero. Fue una pésima decisión. Marie Maine, quien había sido su conviviente ”quelque temps”, identificó sus restos al otro día. El cuerpo no tenía rasgos de muerte violenta y el doctor Dominique Cestac, cirujano de prisiones durante décadas y padre del famoso abbé Louis-Eduard Cestac, dictaminó que a juzgar por la posición del cadaver y ”après des renseignements sur sa vie privée”, el finado, luego de haber bebido, se había acostado sobre uno de los bancos que había en el lugar, ”comme il parait qu’il en avait déjà l’habitude”, muriendo de frío.

Avisado el 29 de junio de 1819 de un trágico accidente ocurrido en 2 Rue Charcutière, el comisario Fabien Duverdier y el doctor Cestac se trasladaron al lugar. En el primer piso, sobre el corredor a la derecha se encontraba el cadaver de una mujer totalmente calcinada. Jeanne Ilarreguy, que así se llamaba la víctima, tenía 37 años y era nativa de Aignan. Alquilaba una pieza en la vivienda de Joseph Gaillard, alias Flamand, un tailleur de 81 años originario de Valenciennes. Luego de ordenar que el cuerpo de Jeanne fuese entrado al apartamento de Flamand, el comisario comenzó su interrogatorio. Gaillard le contó que en torno a las once horas de la noche anterior había despertado debido a los gritos desesperados de su inquilina. Asustado, fue a su cuarto y descubrió que Jeanne estaba en la cama, y que tanto ella como el lecho con sus cortinas ardían intensamente. Intentó sin éxito apagar el fuego con agua mientras la mujer seguía gritando, lo que hizo que algunos vecinos llegaran al lugar. Entre todos pudieron sacar el cuerpo de la desdichada al corredor.

Hay un dato interesante en el verbal del comisario Duverdier. Los vecinos que acudieron en ayuda de la mujer incendiada eran Marie Carrereue, nativa de Bayonne, 28 años; Marie Hirigoyen, nativa de Bayonne, 22 años; Joseph Duportexu, tailleur de 40 años; Martin Graciet, marchand de bétail nativo de Mouguerre, 27 años; Marianne Idalsu, couturière nativa de St Jean Pied de Port, 30 años. Las edades, las profesiones y los sitios de origen de los involucrados transmiten sin lugar a dudas una imagen cosmopolita de Bayonne. (En la vivienda de enfrente, 1 Rue Charcutière, vivían mi familiar Marie Riupeyrous, nacida en Baïgorry, y su marido Jacques Philippe Gardel, originario del norte de España y de padre francés.)

Marcos Cantera Carlomagno

Universidad de Lund, Suecia

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